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HAMNET, un corazón roto es un corazón que fue amado

Actualizado: 21 feb

Es difícil poner en palabras la sensación que me provocó. Más allá de la catarata de lágrimas involuntarias y de la admiración absoluta por la entrega de los actores —sobre todo, el trabajo magistral de Jessie Buckley interpretando a Agnes, la esposa de William Shakespeare—, al terminar sentí una profunda calma y admiración por eso que nos hace humanos.



Hamnet es un drama histórico ficcionado basado en la novela homónima de 2020, escrita por Maggie O’Farrell. Podríamos decir que la historia intenta imaginar quiénes estuvieron detrás del icónico dramaturgo, poeta y actor inglés William Shakespeare (Paul Mescal) y qué fue lo que impulsó Hamlet, una de sus obras más reconocidas… pero, en esencia, podría resumirse como una historia sobre el amor y las distintas formas de duelo —o de decir adiós— que existen.


Lo que nos mueve como humanidad aparece ahí, sin disfraz: para bien o para mal, el amor y el miedo (en todas sus formas) son los sentimientos que nos empujan desde siempre y que, con el paso del tiempo y de los contextos, solo cambian de forma. Ambos actúan como fuerzas fundamentales: mientras el amor impulsa la conexión y la creación, el miedo motiva la protección y la evasión del sufrimiento.


Agnes y William se presentan como dos caras de una misma moneda. Esa polaridad, incluso en los colores que los visten, marca la línea narrativa que los une y, a la vez, los separa. Agnes es rojo: el color de las raíces del bosque, de un corazón que late, de la lava que arde en el centro de la Tierra y nos mantiene a todos anclados a ella con su gravedad. Es el sostén de su familia; una presencia que se arraiga con la misma fuerza que el árbol que la conecta con el bosque y guarda secretos que solo ella puede descifrar. Es también el grito visceral del parto: entender, en el cuerpo, que daría la vida por sus hijos. Y es el otro grito, el imposible, el que da al perder a Hamnet en brazos y sentir que le arrancan sus raíces sin piedad.


William, en cambio, es azul. El color del cielo: el que vemos y el que imaginamos cuando soñamos más allá de lo físico. Él transita la vida viviendo en su cabeza, con inquietud constante, persiguiendo un deseo que no siempre encuentra lugar en lo tangible. Sus proyectos existen, sobre todo, en el territorio de las ideas: siempre en proceso, siempre a medio camino entre lo que es y lo que podría ser. Nunca nada está terminado para él.


Y es ahí donde la película se vuelve brutalmente honesta: además del amor, habla del dolor, y los muestra como complementarios. Sin uno, el otro no existe. La muerte de Hamnet, en medio de una peste que golpea a Inglaterra, intensifica todo lo que ya intuíamos de esta familia, pero que habíamos visto desde el amor. Agnes vive esa pérdida como si se perdiera a sí misma. No entiende cómo él no se rompe igual. William, en cambio, atraviesa el duelo a través del arte; y en esa transformación nace Hamlet.


En una entrevista, Jessie Buckley dijo algo precioso: que la escena del parto no salió desde la técnica, sino desde lo primitivo. Porque Agnes estaba, de alguna forma, pariendo también a Hamlet: dándole vida a una obra que después sería atemporal y llegaría hasta nosotros, más de 400 años después.


William vive la pérdida de su hijo —y el distanciamiento con su esposa— de manera poética. Y cumple la promesa que le había hecho a Hamnet: que algún día compartirían escenario en Londres y que, luchando con espadas, trabajarían juntos en el teatro.


La escena final es el cierre perfecto. Un grupo de personas reunidas en el hoy reconocido Teatro del Globo, expectantes, a merced de lo que pasaría sobre las tablas, sin entender bien qué es real de todo el despliegue escénico que sucede frente a sus ojos… y una madre que, buscando proteger el legado de su hijo, por fin comprende el dolor de su marido y su necesidad de transitarlo a través del arte. En ese momento, algo se acomoda: ella sana. Entiende que, a través de la obra, su hijo pasaría a la inmortalidad. Que millones de personas lo conocerían y, de algún modo, lo llorarían con ella.


La frase final, “El resto es silencio”, marca el inicio de otra cosa: la transformación del dolor en fuerza. La fuerza de una madre que acepta que su hijo, libre de sufrimiento, seguirá existiendo en las palabras. Y que, en ese gesto, su vida trasciende.


Chloé Zhao, la directora, plantea la trama como un círculo, lleno de simbologías, como la vida misma: al nacer está la posibilidad de morir; del ser o no ser. Y tal vez por eso vivir duele tanto… porque para vivir, en algún punto, también hay que aceptar la muerte.



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