María Elena Walsh, en "El Reino Del Revés" la cigarra sigue cantando
- Valentina Montalvo

- 5 feb 2025
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 9 feb
Antes de descubrir que María Elena Walsh fue mucho más que la mayor exponente de la música infantil en Argentina —y una artista reconocida en el mundo entero—, había algo en ella, quizá en su mirada, que me generaba admiración. Intuía que, de haberla conocido, habría hecho todo lo posible por ganarme su respeto. Como a una abuela que imaginamos siempre vieja e infinitamente sabia.
El primer libro que leí sola, esas páginas que me enseñaron a unir letras y darles significado, fue Don Fresquete. No recuerdo bien de qué trataba (solo que había un muñeco de nieve con una bufanda), pero sé que terminar de leerlo a los cinco años fue uno de los logros que más atesoro. Apenas cerré el libro, llamé a mi mamá y le conté mi hazaña. No sabía que en ese momento se abría un nuevo mundo para mí: el de la lectura, que es, en sí mismo, un viaje a todos los mundos posibles e imposibles. Un hábito que María Elena promovía entre los niños y que consideraba clave para el futuro de cualquier nación: el poder de la lectura. Ella repetía que no hay país sin cultura, y que el hábito de la lectura, junto con la promoción y protección de nuestros artistas, era el eje fundamental para el futuro de nuestra identidad y sanidad social.
María Elena Walsh nació el 1 de febrero de 1930 en el seno de una familia de clase media ilustrada, que desde pequeña le inculcó el interés por la lectura, la música y la cultura en general. Se destacó tempranamente en la escritura y, en 1947, publicó su primer libro, Otoño imperdonable, una colección de poemas que la catapultó al reconocimiento internacional, llamando la atención de figuras como Jorge Luis Borges. Su gran amor fue la reconocida fotógrafa y periodista Sara Facio, quien finalmente publicó el libro El feminismo para homenajear a su compañera de vida. María Elena fue una de las primeras mujeres en hablar abiertamente de su homosexualidad.

Autora de canciones infantiles que han traspasado generaciones y que aún hoy nos sacan una sonrisa, como La Tortuga Manuelita y su viaje desde Pehuajó, la Canción del Jacarandá que tarareo cada primavera cuando florecen en Buenos Aires, El Show del Perro Salchicha (una de mis favoritas), la Canción de Tomar el Té y su crítica al elitismo del ritual, o la famosa Reina Batata.
Hoy, 95 años después de su nacimiento, terminé de leer El feminismo libro que recopila sus canciones, poemas, notas y columnas de opinión. En sus páginas encontré la verdadera razón de mi admiración —hasta ahora inexplicable— por esta mujer de letras tiernas, pero desafiantes, que buscaban despertar en los niños el poder infinito de la imaginación. Ella quería hacer a los niños más inteligentes. Cuánto sentido cobró con el tiempo esta estrofa: Me dijeron que en el Reino del Revés nadie baila con los pies. Que un ladrón es vigilante y otro es juez, y que dos y dos son tres." Qué cierta sigue siendo.
En su obra se entreveía un patriotismo admirable, su dolor por la desigualdad y las injusticias en Argentina, y su compromiso con la palabra y la libertad de expresión. Jamás, ni en los momentos de mayor censura, se calló. Hay tres escritos, dos de ellos canciones, que cito abajo*, que reflejan el amor sincero que sentía por su tierra.
La carrera y el impacto cultural de María Elena Walsh deben permanecer vivos en la memoria colectiva. No dejemos de engrandecerla ni de valorar su enorme aporte a la mística cultural argentina. Su legado sigue intacto, sus palabras y reflexiones son, lamentablemente, muy actuales, y su coraje, en retrospectiva, admirable. Fue una observadora afilada de la realidad, con un sentido del humor irónico pero sensato, y una defensora acérrima de muchos "antis": antiracismo, antiintolerancia, antiprejuicio, antimachismo... Una mujer única y adelantada a su tiempo.
En 1980, en la revista Humor, publicó una columna titulada Sepa por qué usted es machista, en la que estableció una serie de puntos, entre ellos: "Porque supone que la mujer quiere imitar al varón, y no sabe que antes muerta que imitar a semejante fabricante de desastres, desde la guerra atómica hasta el IVA". No olvidemos que estábamos en plena Dictadura Militar.
María Elena fue una activista por los derechos de la mujer en todas sus letras. Creía imperativo que la sociedad abriera los ojos y entendiera que los roles de hombres y mujeres no eran casuales, sino producto de pautas culturales que limitaban sus horizontes de manera diferenciada. Una de sus frases más célebres resume esta idea:"Quien no fue mujer ni trabajador piensa que el de ayer fue un tiempo mejor y al compás de la nostalgia hoy bailamos por error." Ella no creía que la femineidad terminaba si las mujeres perseguían otros intereses que la pilcha o los cosméticos.
En Oda doméstica, del libro Hecho a mano (1965), retrató y criticó el lugar de la mujer en la sociedad:
No sé, pero supongo que algún día
hará frío en los libros y tendremos
que consultar las hojas del verano.
Nos habremos cansado de aludir,
no quedará papel ni llanto
para desperdiciar en poesía.
Pero ahora vamos a perpetuarnos
en la fugacidad de la cocina,
a padecer el cotidiano
fallecimiento de las cucharitas.
Una diaria estación de cacerolas
nos ensucia pequeñamente el aire.
Dan asco las ideas puras,
vergüenza la botánica, pudor
la desnudez del pensamiento.
Mejor es ser sumisamente
cuerpo afanado, manos eficaces
para abrochar el delantal del mundo.
Un día los periódicos dirán
que el amor se ha caído en la basura,
que los ángeles agonizan,
pero no acudiremos, ocupadas
en asistir obligatoriamente
a una melancolía de botones.
Así, bajo monótonos auspicios
recibimos delirios preparados,
paquetes de quebranto y una
encomienda de risa natural
enviada por la primavera
para resucitar de vez en cuando.
He pensado a menudo en todo esto,
mujermente agobiada de plumeros.
Nos amenazan hortalizas,
nos corren copas, números, pelusa,
nos arrebatan tiempo reservado
para comprar una porción de sueño.
En la suma de los pañales
y el tintineo de los desayunos
en repetidas dosis de mercado
y en la elaboración del miedo
se nos va, se nos va el latido
que dedicábamos a la locura.
En una ocasión, María Elena citó a Virginia Woolf:"Los jóvenes escritores podrán arreglárselas sin mí." Y luego agregó: "Los lectores seguiremos considerándola imprescindible. Nos pondremos sus libros sobre la cabeza en señal de respeto." Creo yo que, para la sociedad argentina (y sobre todo para las mujeres), María Elena Walsh es nuestra Virginia Woolf.
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