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Kioto, la ciudad que enlaza la tradición, la naturaleza y la religión de Japón

Actualizado: 6 feb 2024

Desde la estación de Tokio, prefectura de Tokio, mi amiga y yo viajamos con el Japan Rail Pass por la línea Tokaido shinkansen a más de 270 km/h, en uno de los famosos y confortables trenes bala que mencioné en la entrada sobre mi estadía en Tokio. Es una experiencia increíble, el estado de los trenes es maravilloso, la asistencia amable y, por sobre todas las cosas, la vista que tenés del país mirando por las ventanillas cambia constantemente y te permite imaginar cada momento un poco más cuál es la identidad de este lugar único en el mundo con sus miles de facetas y paisajes.


Kinkaku-ji

Finalmente llegamos a la la Estación de Kioto, en la ciudad de Kioto, prefectura del mismo nombre, región de Kansai, y no estábamos muy seguras de qué podíamos esperar de este lugar.

Sin saber bien qué hacer, valijas y bolsos en mano, pusimos el nombre de nuestro hotel en Google Maps y comenzamos a caminar en línea recta. Nos encontramos con una ciudad que parecía claramente más pequeña que la inmensa Tokio, pero que, para nuestra sorpresa, tenía mínimo un templo por cuadra. Rápidamente entendimos por qué se la conocía como la ciudad de los templos.

Como llegamos casi de noche, ese día lo dedicamos a recorrer los alrededores de nuestro hotel y la sensación que tuve fue que a pesar de ser una de las ciudades principales del país -”capital” de las artes y la espiritualidad-, el ambiente es muy tranquilo: (salvo en la calle principal) se ve muy poca gente circulando y pareciera a veces como si te encontraras en una ciudad fantasma. Quizá fue porque la conocí en invierno. Sin embargo, eso no significa que no me haya parecido un lugar interesante y distinto a todo lo que alguna vez conocí. Kioto me llevó de lleno a entender e interesarme en el significado de la religiosidad y cultura para los japoneses.

El primer templo que conocimos, el cual queda ni bien salís de la Estación y notamos mientras caminábamos hacia el hotel el primer día, es el templo budista Higashi Honganji. En el folleto que me dieron a la entrada pude leer que este lugar, además de estar compuesto por enormes estructuras de madera conocidas como “Founder´s Hall”, “Amida Hall” y “Founder´s Hall Gate” -todas ellas rodeando un jardín central de grava-, es uno de los dominantes del Budismo Shin en Japón y en el extranjero.

Seguimos nuestro recorrido por las callecitas angostas y silenciosas de la ciudad con sus casitas típicas japonesas, locales de comida, antigüedades y tintorerías, y de tanto en tanto un templo, museo o lugar de ofrenda, y quizá algún residente pasando en bicicleta, hasta que llegamos a la concurrida calle Horikawa-dori y nos encontramos con el también famoso templo budista Nishi Honganji, el cual ocupa casi toda una manzana con sus varios edificios que lo componen y representan el otro templo dominante del Budismo Shin. Nosotras ingresamos por la “Amidado Gate” sobre la calle que nombré antes.


"El Gran Ginkgo", templo budista Nishi Honganji

Finalmente se hizo de noche y nos dirigimos a la zona más céntrica de la ciudad, una intersección de las calles Shijo-dori y Karasuma-dori, donde las esquinas están vestidas de edificios tipo europeos y/o grandes estructuras modernas de vidrio y hormigón, y rodeadas de una gran variedad de opciones gastronómicas. Kioto tiene un espíritu muy vivo durante la noche y se siente como si despertara luego de dormirse al sol.

Al otro día nos levantamos temprano, nos dirigimos a la Estación de Kioto y averiguamos cómo hacer uso del transporte público que ofrece la ciudad que, como en todo Japón, es altamente recomendable. Queríamos conocer el famoso bosque de bambú Arashiyama, el cual queda en el distrito Sagano de la ciudad. Con el JR Pass, desde dicha estación, tomamos la línea “JR Sagano Line” que nos acercó a la Estación de Saga-Arashiyama que quedaba muy cerca de nuestro punto de interés. El camino hasta el bosque fue maravilloso, el distrito tiene una personalidad residencial y bien de pueblo, pareciera que todos se conocen con todos, y las callecitas angostas con sus casitas y locales de comida tienen vista a las colinas verdes que rodean a la ciudad. Es mágico.

Desde nuestra llegada a Kioto jamás habíamos visto tantos turistas de todas las nacionalidades como los que vimos en este famoso bosque de bambú. Todos buscando el ángulo perfecto para la foto perfecta que pueda hacerle un poco de justicia a este punto de interés cien por ciento natural. Pegadito, al finalizar el recorrido por el bosque, está el Templo Tenryjui, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO por ser uno de los templos budistas más importantes de Kioto, y famoso por la belleza de su jardín Zen y sus maravillosas vistas.


Bosque de bambú Arashiyama

Templo Tenryjui y su jardín Zen

Luego volvimos a la Estación de Kioto y nos dirigimos a la de Nijo, ya que estábamos decididas en conocer otro punto emblemático de la ciudad: el Castillo de Nijo. Declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1994 y siendo parte de los conocidos como Monumentos históricos de la antigua Kioto, entre ellos el Ginkaku-ji y el Kinkaku-ji, este imponente castillo japonés del siglo XVII es una reliquia de la historia de este antiquísimo país asiático. Rodeando los altos paredones que lo protegen, hay un foso exterior que le agrega majestuosidad a este castillo y te comunica por un pequeño puente al amplio recinto. Nos recibió la Kara-mon (puerta de ingreso) que al atravesarla nos llevó a uno de los tantos jardines del castillo. Rodeando el Palacio Ninomaru, el Jardín Ninomaru de estilo japonés con su “isla Horai” en el centro de un precioso estanque, es característico de las construcciones de esta época. Siguiendo los senderos que atraviesan otros de sus jardines, llegamos al Palacio Honmaru rodeado de un foso interior que protege a la estructura y al Jardín Honmaru que está a su lado. Por último, conocimos el Jardín Seiryu-en de estilo japonés y occidental donde pudimos acceder a casetas típicas para realizar la ceremonia del té y apreciar aromas naturales.


Caseta para la ceremonia del té

Seguido de allí, encontramos un colectivo que nos llevó al emblemático Kinkaku-ji o Pabellón de Oro, templo budista Zen (también declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO). Es una belleza en sí mismo y pareciera que estás viendo una pintura al contemplar el templo suspendido en el estanque Kyōko-chi -espejo de agua- donde se ve su reflejo y el de los preciosos jardines que lo rodean. En el estanque existen numerosas islas y piedras que representan la historia de la creación budista. Es soñado.


Al salir del templo, volvimos nuevamente en micro hasta la ya nombrada calle Karasuma-dori y nos dirigimos un poquito más al sur hasta encontrarnos con el emblemático Palacio Imperial de Kioto, residencia de los emperadores japoneses hasta 1868 cuando la capital del país fue trasladada a Tokio (inicio de la era Meiji). El Palacio está situado en el pulmón verde de la ciudad llamado “Kioto Gyoen National Garden”, un amurallamiento rectangular inmenso en pleno centro, que también contiene los jardines del Palacio Imperial. Visitamos este lugar a la tardecita/noche y casi no quedaba nadie, así que sentíamos al lugar cerrado para nuestro uso personal, lo que fue bastante intimidante por la magnitud del lugar y la soledad que nos rodeaba. Entre sus jardines de grava se levantan estructuras imponentes con finalidades diferentes para la utilización de lo que era la vida ceremonial y personal de la familia imperial, así como el Shishinden o Salón de Ceremonias del Estado donde podemos ver en el centro del mismo el Takamikura y Mochodai o trono del emperador y emperatriz, y detenerse a leer sobre la vida en el palacio fue muy interesante. Además, una vez que terminas el recorrido se accede al parque público que es inmenso y con una arboleda variada -con más de cincuenta mil árboles- que dicen que es soñada en primavera con todos los cerezos florecidos.


Palacio Imperial de Kioto

Kioto Gyoen National Garden

Nuestro objetivo principal del último día era conocer el emblemático Fushimi Inari-taisha, en el distrito de la ciudad llamado Fushimi-ku, y para nuestra sorpresa el Japan Rail Pass nos llevaba por la línea “JR Nara Line” hasta la estación Inari, muy cerca del punto de interés. Tomamos el tren y comenzamos este recorrido, que desde la ventanilla nos mostró un poco más del espíritu de la ciudad. Es gracioso ver a Japón en perspectiva, porque sabiendo que su densidad demográfica es enorme comparada con los pocos metros cuadrados disponibles que tienen para vivir, desde el tren se ven las villas, pueblos y ciudades, y uno se da cuenta de esto porque todos los lugares parecen “crecer para arriba”. Caminando por las calles no se tiene esa sensación de amontonamiento y poco espacio entre estructura y estructura, pero desde el tren sí puede verse que ningún recoveco está desaprovechado y que todos los edificios buscan llegar al cielo. El espíritu de este distrito, tanto turístico como residencial, es maravilloso, lleno de vegetación y edificios bajos que le dan un aire más descontracturado, es ideal para comenzar el día de una forma tranquila. A menos de una cuadra de la estación, te recibe un gran Torii rojo llamado, vale la redundancia, “Great Torii of Fushimi Inari Shrine”, que será la bienvenida al esperado santuario sintoísta Fushimi Inari-taisha. Lo mágico de este lugar, no es solo la estructura en sí -que luego de visitar varios santuarios sintoístas puede entenderse el estilo y colores que esta religión usa predominantemente, lo que te permite identificarlos (para los interesados en esta religión con muchos seguidores en el país, dejo un enlace interesante que resume)-, sino que queda en la base de la colina Inari, que podrás subir recorriendo un camino interminable de Torii rojos en medio del bosque que decora a la colina, donde los puntos de descanso serán distintos templos, cementerios, etc. dedicados a los dioses y seguidores de esta religión. En lo alto de la colina está el santuario principal y la vista es única. Eso sí, el camino es largo y cansador, pero vale la pena.


Camino de toriis

Luego al otro lado del río Kamo, que cruza la ciudad, llegamos en micro al distrito de Gion, mundialmente famoso por la existencia centenaria de las geishas, y caminamos por sus calles empinadas y angostas repletas de casa de té y con una esencia de lo que fue el Japón medieval, hasta el emblemático Kiyomizu-dera. Este conjunto de templos budistas del siglo VIII que se reconocen por su compleja arquitectura y por las impresionantes vistas que ofrece de la ciudad, es un lugar bellísimo repleto de mujeres que alquilan sus trajes de geisha y le dan el toque final al ambiente. El más notable de los edificios del recinto es quizás el santuario Jishu, dedicado al dios del amor y los "buenos matrimonios". Es un lugar único para conocer, que sin dudas te conecta con la religiosidad japonesa (con ayuda del ambiente de película que te rodea).


Vista desde el Kiyomizu-dera

Finalmente, caminamos durante un tiempo bordeando el nombrado río y llegamos al "primo" del Kinkaku-ji, otro emblemático templo conocido como Ginkaku-ji o Pabellón de Plata. Por más cansadora y larga que pudo haber sido, yo volvería a hacer esa caminata porque nos permitió conocer aquellas zonas de la ciudad que no son turísticas pero que en definitiva le dan su personalidad e identidad al lugar. Pudimos pasar por callecitas soñadas, zonas residenciales que parecían bastante exclusivas, pequeños parques, como el Maruyama con sus templos y santuarios, y el Okazaki que está pegado al santuario sintoísta Heain, como también por el Zoológico Municipal de Kioto. Todos lugares en una ciudad con vista a montes impresionantes y una arboleda preciosa. El templo Zen Ginkaku-ji fue mi favorito, con sus jardines perfectamente cuidados pero con un estilo más descontracturado, mimetizan a la estructura de madera con los alrededores de la misma y le dan una calidez que te invita a querer pasar el día allí.



Kioto fue un lugar que agradezco enormemente haber tenido la posibilidad de conocer. No sabía qué esperar de mi estadía allí, y puedo asegurar que explotamos los casi cuatro días en los que estuvimos en la ciudad. Esa mezcla de naturaleza, vida de ciudad, religión e historia hacen de este un lugar único en Japón y en el mundo.

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