Zona de Interés, el holocausto según el nazismo
- Valentina Montalvo

- 18 feb 2024
- 3 Min. de lectura
No hay una sensación comparable a la que uno siente cuando sale del cine después de ver una buena película. Esas que te dejan pensando.
Siendo gran fanática de la Historia, las películas de época siempre fueron de mi interés. La Segunda Guerra Mundial es un tema recurrente en los filmes y en novelas bélicas que se han transformado, muchas de ellas, en best sellers. La bailarina de Auschwitz, La lista de Schindler, La ladrona de libros, El niño de pijama de rayas, entre otras, son todos conocidos relatos de lo que fue el horror del nazismo alemán entre 1939-1945. Sin embargo, lo que tienen en común todas estas historias es el cómo te la cuentan. La historia la escriben los que ganan y desde ese entonces palabras como nazismo, holocausto y Hitler, son sinónimos de horror y bestialidad en el vocabulario popular. “Zona de interés” te habla de ese brutal período de la humanidad, pero desde la perspectiva alemana.
La película pareciera que está dividida en dos dimensiones: la visual y la sonora. Escenas mundanas envueltas por gritos desgarradores, órdenes violentas y el ruido de las cámaras de gas funcionando.

La trama es sobre una familia, Rudolf y Hedwig Höss y sus cinco hijos, que viven justo al lado del conocido campo de concentración Auschwitz, porque Rudolf trabaja allí como comandante. Mientras ellos viven en una casa bella con un jardín florecido, invernadero y pileta, detrás de los muros se encuentra el horror del campo, que envuelve a la casa y encierra el terror. Sin embargo, nadie hace afán de escuchar los gritos y los llantos desgarrados que provienen de las cámaras de gas. El clima familiar es un “hagamos de cuenta que no pasa nada” constante. Es interesante que al ser esta una parte de la historia que tenemos tan presente, el director haya podido recrear el horror sin mostrarlo explícitamente: con una chimenea y gritos de dolor insoportable, uno ya puede imaginar lo que está pasando detrás de los alambres de púa.
La película no es para todos, pero todos deberíamos verla. Es lenta, con planos estáticos y con escenas muy mundanas, con una fotografía que te hace sentir parte de la historia, porque básicamente tiene como objetivo eso, mostrarnos que los nazis también eran personas, no monstruos caricaturescos como nos enseñan en los documentales y los libros de historia. Eran personas (desalmadas) con necesidades humanas y familias como la de cualquier otro. Y eso impacta más. El cinismo, el sadismo, el odio visceral y la hipocresía, que le hacen entender a uno la debilidad del ser humano y lo brutalmente despiadados que podemos ser. Cualquiera de nosotros.
Rudolf Höss, interpretado por Christian Friedel, y Hedwig Höss, por Sandra Hüller, representan una típica familia nazi de la época, que trabajan para la máquina del terror y celebran los beneficios de pertenecer a esa “raza” que el Führer consideraba digna de seguir viviendo. Hedwig con tal de permanecer con su estilo de vida actual, acepta todo: vivir rodeada de tortura, soportar los traslados de su marido a otros campos de exterminio, y alejarse de su madre (quien a pesar de ser nazi y defender las ideas políticas de Hitler, al enterarse de la tortura que sucede del otro lado de la casa de su hija, y que no se cuenta en la propaganda de Goebbels, decide irse). De ser empleada de una señora judía, pasa a ser la esposa de su asesino, y ahora ella es la que viste los abrigos de piel y las joyas de las judías exterminadas. Hay una escena donde le dice a su empleada (esclava) judía, algo así como: “Mi marido puede hacerte cenizas si yo le pido”. La película muestra la hipocresía absoluta: judías violadas y nazis violadores que corrían para lavar su cuerpo y sacarse “la peste” de su piel.
La película es muy cruda, pero sutil e implícita. No es conmovedora, no te emociona o te dan ganas de llorar. Espanta entender que eso pasó y que para ellos las vidas que se cargaron de la forma más brutal, fueron solo números. Basta con leer Mi Lucha, de Adolfo Hitler, para entender la mente psicópata detrás del plan.
El final me pareció una gran metáfora. Rudolf parado en su lugar de trabajo completamente solo comienza a tener arcadas mientras que aparecen imágenes del museo de Auschwitz en la actualidad, los uniformes de los prisioneros y las montañas de zapatos. Entiendo que representa el rechazo de su propio cuerpo ”al ver con sus propios ojos” las consecuencias del horror que protagonizó.
Espero que esta película gane a Mejor película en los Oscars, es realmente reflexiva y acierta en interpelar a quien la ve con un hecho histórico que sirve como metáfora para representar la innata insensibilidad del ser humano.




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